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Terra
La Coctelera

Señores políticos, es su momento.

Tienen una gran oportunidad para ser de verdad, de carne y hueso. Estoy convencido de que la mayoría de ustedes empezaron su carrera política por esto. Porque querían cambiar las cosas. Les propongo un experimento. Hagan memoria un momento. Deténganse a buscar a ese joven que se emocionaba con cada palabra que salía de su boca. Que se creía palabra por palabra todo lo que decía. Piénsenlo, es posible recuperar todavía a ese joven. Miren a su alrededor y lo encontrarán. Imítenlo cuando lo vean. Al principio, quizá lo sientan ajeno, un vestigio de algo que alguna vez fue pero que ya se superó porque el mundo real era demasiado real para cambiarlo. Pero es posible que, a fuerza de imitarlo, regrese.

Sean valientes. No tengan miedo a decir lo que piensan. No sigan diciendo lo que toca. Digan también lo que sienten. Prueben una vez. Quizá han olvidado que la recompensa de ese acto es muy grande. Dejen de esconderse detras de las instituciones con minúscula. Las instituciones son ustedes. Dejen de esconderse detrás de ustedes mismos. No usen más el "vuelva usted mañana", por favor. Por favor. No usen los medios para modificar la realidad a su antojo. No se sigan engañando. A muchos de nosotros ya no nos engañan, así que déjenlo ya, que es patético. Sean valientes. Emociónense. Inspírense. Crean que es posible. Escuchen. Seguro que muchos de ustedes tienen ya sus emociones a punto de decir basta. Gritándoles. Háganles caso. No, la juventud no es esa enfermedad que se cura con la edad. No se crean eso, por favor. Recuperen la verdad de su trabajo. Pueden hacerlo.

Quizá así volvamos a encontrarnos. Quizá así nos emocionemos también nosotros cuando les oigamos hablar. Sabemos que no tiene que ser fácil tener poder de decisión. Pero háganle caso a su sentido común. Venzan su propia inercia. Levántense también ustedes. Se darán cuenta que tienen mucha gente a su lado. Mucha gente. Gente a la que prometieron servir. Ayudar. Comprender.

Señores políticos, hablen.

He oído todo tipo de opiniones sobre la "Spanish Revolution".

Las más simplistas reducen la #acampadasol a una panda de okupas perroflautas que poco menos están allí para pedir la legalización del cannabis y viviendas gratis para todos. Otras, más benevolentes, dejan escapar cierta simpatía por esos jovenes idealistas con ganas de cambiar el mundo pero les reprochan cierta ingenuidad en pensar que eso va a servir para algo. Para deleite de algunos, no faltó quien supo ver conspiraciones judeo-masónicas auspiciadas por un gobierno para reventar y suspender unas elecciones que le iban a ser claramente desfavorables.

Las elecciones pasaron. Y la vida sigue en los campamentos. Han pasado 15 días desde el día 15.

Durante este tiempo, he participado en las concentraciones en la Puerta del Sol en varias ocasiones. He leído lo que allí se escribe. He escuchado lo que allí se dice. He gritado sin voz. Y continuamente, he tenido que contener la emoción para no llorar como un niño.

Porque lo que está ocurriendo hoy en muchas plazas es algo a lo que ya no estábamos acostumbrados a golpe de letargo. Es el contenido de las palabras que durante tantos años hemos ido desgastando a fuerza de nombrarlas. Es el sentido común golpeando la realidad. Es la dignidad que nos hace dormir por las noches. Es la emoción de creer lo que dices. Es la certeza de que puedes. Es el ejercicio de la libertad. Imparable.

Es la inspiración que crea.

Es la "Spanish Inspiration".

Una de las cosas que más me emocionan es encontrarme gente que me asombre por algo en lugares donde no espero que ocurra.

En esta ocasión ha sucedido en mi entorno profesional y laboral. Saltando entre reuniones, tecnología, pilotos, viajes y planes de explotación, he conocido a Martín, autor del texto que os escribo a continuación y que, con su consentimiento, comparto ahora en este blog.

Hay muchas cosas que no elegimos en esta vida. Sin embargo, sí elegimos cómo afrontarlas.

Y este texto habla de eso, de generosidad y dignidad humana...

"Todos tenemos objetivos en la vida: ser padres, ser profesionales, tener buenos trabajos, ahorrar, mudarnos a un lugar más lindo, viajar...

Lamentablemente, en ocasiones estos objetivos cambian abruptamente sin avisarte y te pillan desprevenido. Esto es lo que sucede cuando te confirman que tu hijo tiene una enfermedad neurológica que lo incapacita. Tus objetivos iniciales como padre de educarlo, de formarlo con valores, de ayudarlo para que se independice y tenga su propia familia; cambian a simplemente poner todo tu esfuerzo porque sea lo más independiente posible (aunque ello implique únicamente poder ir al baño o incluso comer solo) y buscar los medios para que sea tratado con respeto, tenga una cama calentita, un techo que lo cobije y comida toda su vida.

Incluso cambian tus perspectivas con sus hermanos, a quienes les quieres evitar el peso que implica cuidar a un discapacitado. Como nos dicen a los padres en la Fundación, 'nuestros hijos no tienen fecha de caducidad y lo más seguro es que nos sobrevivan'.

Esto nos sucedió a mi esposa y a mí cuando nos confirmaron a los 3 meses de vida, que nuestra hija Sofia padece Síndrome de West.

Sofía no habla, no camina ni contiene esfínteres. De hecho, en vez de colaborar, involuntariamente te complica las cosas, como cuando se quita el pañal luego de hacer sus necesidades y tienes la desagradable tarea de limpiarla a ella y a todo lo que está a su alrededor. Todo es complicado, tanto en lo físico como en lo emocional.

Por suerte, así como estas personas son incapaces para cosas tan simples como andar, tienen una capacidad muy por encima de lo 'normal' para transmitir su amor, su cariño y su alegría; sin importarles lo que piensen los demás, sin rencores, sin envidias, sin broncas, sin susceptibilidades. Son muy pocos los virtuosos que tienen el 'don' de ver esta capacidad y valorarla y en la Fundación nos encontramos con mucha gente que tiene ese privilegio.

En un mundo donde la juventud está muy preocupada por el botellón, por la juerga y la apariencia; donde tener el coche más potente y el cuerpo más perfecto te posiciona mejor frente al resto; en la Fundación nos encontramos con un grupo de chicos jóvenes, guapos e inteligentes que tienen el 'Don', que disfrutan pasando fines de semana enteros con nuestros hijos, jugando con ellos, abrazándolos, besándolos y queriéndolos tal y como son.

El Síndrome de West es una enfermedad cruel, no se queda en el retraso psicomotriz. Es un síndrome epileptógeno, lo cual implica que los chicos tengan ocasionalmente espasmos y se vivan situaciones realmente feas.

Para los padres, los campamentos de la Fundación Síndrome de West nos representan un alivio, un momento que podemos dedicarnos a nosotros, a descansar e incluso a salir a sitios donde la limitación de la movilidad de nuestros hijos nos impide ir. En el caso de mi esposa y en el mío, que no tenemos familia en España, donde Sofy tiene una hermanita que está cumpliendo 2 años en estos días (por suerte sana, pero muy activa) y que ocasionalmente mi esposa debe trabajar los sábados, resulta además una inmensa ayuda. Sabemos que a Sofy no la estamos 'depositando' en un sitio, sabemos que está con gente que la quiere y que disfruta junto a ella, donde juega, se divierte y hace lo que más le gusta: dar y recibir abrazos y besos.

No me equivoco si hablo en nombre de todos los papás de la Fundación para proponer a nuestros MONITORES DEL PLAN RESPIRO DE LA FUNDACIÓN SÍNDROME DE WEST al PREMIO PIE DERECHO 2011. No sé si a través de estas líneas he conseguido transmitiros el esfuerzo que realizan y lo mucho que nos ayudan pero para mí, ya se ganaron el cielo

Aprovecho para enviarles mis felicitaciones por el programa y un gran abrazo".

Cuando era un niño, todo a mi alrededor estaba hecho para los niños.

Cuando ibas a comprar el pan, el señor panadero siempre te regalaba una sonrisa extra cuando te equivocabas al contar las pesetas que costaba una pistola y dos colines. Por eso siempre le dabas las gracias al marcharte. En el barrio, el dueño del coche que golpeabas sin querer con tu pelota, nunca se enfadaba demasiado como para no dejarte seguir jugando, y si lo hacía comprendías que quizá tuviera razón y entonces siempre le pedías perdón. En el cole había profes y seños que te contaban un montón de cosas para que las aprendieras como ellos y por eso los admirabas y les tenías mucho respeto. Cuando ibas de visita con tus padres a algún sitio, alguien siempre te ofrecía unas pastitas o incluso un refresco sin que tú lo pidieras y por eso siempre dabas las gracias y procurabas no molestar demasiado a los mayores con sus cosas. En la parroquia de tu barrio (antes, siempre había una) ibas con tus padres a misa los domingos y aunque no entendieras demasiado algunas cosas que veías allí, siempre esperabas con respeto a que terminara aunque a veces estuvieras ya cansado, porque veías que tus padres estaban contentos por estar allí. Y en casa, a veces te tenías que comer toda la comida que te ponía tu madre sin rechistar porque ella en cambio era siempre cariñosa y te consolaba las noches en que la oscuridad de tu habitación pequeña crecía demasiado. Y aunque te tocara obedecer a todos, a tus hermanos, a tu padre, a tu madre... lo hacías sin pensarlo porque ellos siempre estaban pendientes de ti y de construir a tu alrededor un mundo para ti. Para los niños. Todo estaba hecho para los niños.

Ahora no sé qué pasa. Salgo a la calle y no encuentro ese mundo. Veo gente que se enfada todo el tiempo, incluso cuando no tienen razón. Que no agradecen demasiado. Que se empujan en el metro. Que se insultan por costumbre. Que graban videos de niños sufriendo y los hacen públicos para que otra gente se ría también. Que se pegan hasta morir por un rasguño en su automóvil de chapa. Que no les importa que hablen mal de ellos. Todo lo contrario. La mala educación.

No sé por qué pasa esto.

Porque yo sigo siendo el mismo niño.

La espiral

16, ago

En el campamento, comienza a oscurecer.

El ocaso es ese momento del día en que la actividad es mayor, todo el mundo va de un lado para otro, aparentemente con alguna ocupación. Toca lavarse, curarse las heridas del día, la cena, un instante de charla tranquila.

Hace ocho años que vivo momentos así cada verano.

Es el preludio de la noche. De la fiesta. De la fiesta de la música, el baile y la danza. Trataré de explicarme para el que nunca ha vivido esto. Sí, ya lo sé. Me he vuelto loco o qué. Todos hemos vivido esto. Fiestas. De música y de baile. Pero insisto, trataré de explicarme.

La luz del sol cada vez es más débil. Después de una ducha regeneradora me voy camino a mi tienda con la toalla enrollada en la cintura, a modo de falda. Me cuido los pies un rato con mimo. Y con hidratante. Me visto y con el frescor vigorizante encima me encamino hacia el bar del campamento, para comer algo. Por el camino, es fácil que me encuentre con alguien. Y que nos abracemos sin motivo. Allí, esto es muy fácil que ocurra. Todo el mundo regala cariño. Es gratis. Es cariño gratuito. Así como suena.

Ya es noche cerrada. Sentado en la mesa del bar, al fresquito, comienzas a oir la música, a lo lejos. Al principio, se trata tan sólo de algunos acordes perdidos, unas notas que buscan acomodarse en la brisa nocturna. Pero después se mezclan, se ordenan y entonces suena la primera canción. Y unas cosquillas en el estómago te remueven en la silla hasta que te hacen levantar.

Comienzas a andar hacia la carpa grande, la de los conciertos. A medida que te acercas, el sonido va aumentando suavemente de intensidad, lo que hace que sin darte cuenta te apresures buscando el origen de lo que ya sabes que te espera. Y finalmente, aparece en todo su esplendor. Al principio sólo ves luz y mucha gente alrededor. Algunos están mirando, o escuchando, o ambas cosas. Pero cuando llegas y consigues abrirte paso, lo ves.

Podría ser un concierto normal, si no fuera porque lo más importante no suele ocurrir en el escenario. Abajo, decenas e incluso cientos de personas bailan. Con las manos entrelazadas o sueltas, sin pareja o con la misma siempre o cambiando continuamente de pareja, con pasos imposibles o pasos repetidos. Siempre riendo. Y entonces no puedes evitarlo. Te unes a ellos. Tu mirada se cruza con otras una vez, otra, y otra más. Un guiño, una mirada cómplice del que se sabe torpe igual que tú, una mirada esquiva, una mirada franca. Y no dejas de saltar y girar a ritmo de la música. El alimento del espíritu acompañado de alimento para el cuerpo. La música. La danza. Y esa sensación cuando termina la canción. Otra.

Y entonces te sientas un momento y piensas qué está pasando. Por qué esta alegría desnuda, sin aditivos ni amplificaciones. Sin mezclas de garrafa ni humos dudosos. Alegría que genera alegría. Sin motivos ni razones. Te cuesta entenderlo. Y entonces dejas de pensar. Y te limitas a ser arrastrado por ella. Y caes en la espiral.

Y ya no termina nunca.

Cuando sea mayor, me gustaría conocer a alguien.

Cuando sea mayor, me gustaría que alguien estuviera pendiente de lo que me pasa sin estar pendiente de lo que hago. Que estuviera siempre dispuesta a viajar hasta donde estoy sólo para darme un beso y desaparecer. Que me dé un abrazo cuando la cosa se ponga fea y a mí me ataque el silencio.

Cuando sea mayor, me gustaría que alguien me regalara maracas de juguete, micrófonos de elvis o guitarras de chocolate. Que me llevara por sorpresa a una bañera con burbujas. Que no fuera conmigo al cine. Que publicara en el periódico un mensaje sólo para mí que sólo entendiera yo.

Cuando sea mayor, me gustaría que alguien me tocara la piel como si fuera la primera y la última vez. Que me besara entregándome al más dulce olvido. Que velara mi sueño con el roce de su nariz en mi espalda. Que no me robara ni una madrugada. Que no pusiera cancelas al dominio de mi piel.

Cuando sea mayor, me gustaría conocer a alguien que me ame sin pedir nada.

O casi nada, que no es lo mismo, pero es igual.

Cuando sea mayor.

Miki

14, ago

Hoy he caido en la cuenta de que no había publicado este post que escribí mientras estaba en Burundi. O quizá sí lo publiqué pero después lo borré accidentalmente. Así que aquí lo dejo para quien lo quiera leer. Una historia diferente sobre un amiguito.................................

[...]

Martes, 30 de junio de 2009

Se llama Miki. Como Miliki, pero sin li. Es muy pequeño, apenas sí llega a los cinco centímetros. Cuando mides cinco centímetros, el tamaño sí importa. Claro que su cola es mucho más larga que su cuerpo, al menos el doble, así que no tiene complejos de ningún tipo.

Yo le conocí la semana pasada, pero fue un encuentro fugaz. Es muy tímido, así que cuando descubrí que compartíamos vivienda, quise salir a su encuentro pero salió corriendo. Bueno, debo decir que al principio mis intenciones con él no eran del todo honestas, porque llamé a un amigo para que me ayudara a echarlo de casa. Sí, lo sé. No es por poner excusas pero cuando era pequeño conocí a una prima lejana de Miki muy indeseable que me lo hizo pasar un poco mal, así que no quería más tratos con este tipo de gente. Por eso no le quería en casa. Fíjate. Yo, llego aquí para estar sólo tres semanas y se me ocurre que tengo derecho a echar de allí a alguien que lleva viviendo mucho más tiempo. Los umuzungu a veces creemos que tenemos derecho a estas cosas. Pero como ese día salió corriendo de miedo, decidí convivir con él, vamos a respetarnos, pensé.

Nunca se había atrevido a entrar en mi cuarto. Es normal, yo tampoco había visitado el suyo. El caso es que creo que se debió de equivocar, porque luego quería salir y no sabía cómo. Estaba muy asustado. Esa noche, estuve mucho tiempo escuchando ruidos. Supuse que era Miki, que andaba por el piso de arriba trasteando. Pero cuando me levanté por la mañana, algunos rastros como virutas de chocolate me hicieron pensar lo contrario. Miki estaba allí, conmigo, en alguna parte. Con sus dientecitos, laboriosamente, había intentado abrirse un hueco en la puerta de madera para escapar. Un butrón, pero al revés. Yo suelo poner una tabla tapando el hueco de debajo de la puerta por si acaso entran otros bichos peligrosos, pero se ve que él entró en algún momento en que la puerta estaba abierta. Después de mucho mordisquear toda la noche, no consiguió su objetivo porque en la puerta no había agujero, tan sólo unas muescas y algo de serrín en el suelo. Es que Miki es muy pequeño. Después de buscar durante un rato por la habitación para hacer las presentaciones oportunas (alguien que pasa la noche en tu misma habitación debería al menos presentarse) y como no daba señales de vida ni lo encontraba por ningún lado, me puse a pensar y finalmente se me ocurrió. Es tan pequeño que bien podía estar enroscadito en el estrechísimo hueco entre la pared y el armario. Gracias a la linterna pude verle, ahí, con sus ojitos asustados, pequeños y negros. Inmóvil. Pensando cómo hacer para escapar. Le hice salir de ahí pero se metió debajo de la cama. Y entonces, se me ocurrió que podría hacerle una foto para verle bien, ya que él seguía con esa pertinaz timidez. La foto quedó un poco oscura y tengo que quitarle el efecto de ojos rojos, pero sus orejillas son inconfundibles.

Ese día, cuando me fui a la universidad, le dejé tres bolitas de caramelo en el suelo del salón, junto a la puerta del patio. Cuando volví a casa por la tarde, las bolitas habían desaparecido.

¿Conclusiones?

11, ago

Hace dos meses, esta misma noche, estaba de los nervios. Me iba a Burundi. Han pasado dos meses desde entonces. El primer mes, discurrió casi por entero en África. El segundo, en Europa. Entre vacaciones, danzas y más trabajo.

Durante este segundo mes, he hablado con mucha gente sobre lo que hice allí, he respondido preguntas y he contado historias, muchas de las que escribí en el blog y otras tantas que no. Sin embargo, el otro día, una amiga me hizo una pregunta que -lo admito- me dejó un poco descolocado.

"Bueno, y entonces, después de tu viaje, ¿cuáles son las conclusiones?"... Después del aturdimiento, me puse a reflexionar.

Antes de ir a Burundi, me asaltaban muchas dudas. ¿Volveré sano y salvo? ¿Me picará un bicho que anidará cerca de mi estómago para después salir durante la cena estropeando una agradable velada? Pero sobre todo, y en serio, la gran pregunta: ¿Seguiré siendo el mismo?

¿Seguiré siendo el mismo?

Cruzar el umbral de europa para entrar en otra realidad nunca te deja indiferente. Esto, de una u otra forma, lo he escuchado muchas veces antes de irme. Es una opinión bastante extendida, pues todos conocemos a alguien con una experiencia similar. Es quizá por esta razón que a mi regreso, he observado cómo muchas miradas amigas se preguntaban hasta qué punto este viaje no me ha dejado indiferente. Hasta qué punto es verdad lo que dicen. Hasta qué punto te golpea enfrentarte a lo que ves todos los días en las noticias.

Y sin embargo... ¿conclusiones? No puedo concluir nada porque nada ha concluido. Si reduzco este viaje a un producto de consumo que ha tenido su planteamiento, desarrollo y conclusiones lo estaré pervirtiendo inevitablemente. Y no puedo.

¿Conclusiones? No. Corroboración, confirmación, constatación. Eso sí. La constatación de que es verdad lo que aparece de vez en cuando en las noticias. De que el mundo tiene recursos limitados y mal, muy mal repartidos. De que los gobiernos roban en todas partes y se aprovechan de la ignorancia y la falta de conocimiento. De que hay muchos que están peor porque algunos estamos mejor.

¿Conclusiones? No. Tresor continua haciendo su proyecto de fin de carrera y trabajando duro para poder formar algún día una familia con Therese, su novia. Thimoteo sigue buscando un estudio donde grabar el disco con su banda familiar mientras se desespera por un futuro más que incierto. Frank continua tambaleándose mientras va encontrando la manera de pisar fuerte en el mundo. Mamert, sin familia ni becas ni subvenciones no sabe cómo hará para estudiar una carrera que no puede pagar para dejar de vivir de las limosnas y su máxima preocupación ahora es irse de Ngozi porque allí todos le ven como un "homeless". Casi todas mis alumnas no saben si podrán acabar la carrera porque tienen que cuidar a sus hijos y enfrentarse todos los días a una sociedad que no tolera que las mujeres estudien, piensen y tengan autonomía. Y todavía ellas tienen suerte, que han podido estudiar algo. Y todos, sin excepción, todos, viven este año con el corazón encogido porque el año que viene hay elecciones y vuelven a asomar los fantasmas de la guerra y el exterminio, tan cercanos y dolorosos todavía.

¿Conclusiones? Todos sabemos perfectamente qué hay al otro lado de nuestra puerta. Personas, con nombres y apellidos. Y problemas. A cada uno nos toca decidir si esos problemas son menores o mayores que los nuestros. Es nuestro tiempo y nuestra decisión.