Hoy he caido en la cuenta de que no había publicado este post que escribí mientras estaba en Burundi. O quizá sí lo publiqué pero después lo borré accidentalmente. Así que aquí lo dejo para quien lo quiera leer. Una historia diferente sobre un amiguito.................................

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Martes, 30 de junio de 2009

Se llama Miki. Como Miliki, pero sin li. Es muy pequeño, apenas sí llega a los cinco centímetros. Cuando mides cinco centímetros, el tamaño sí importa. Claro que su cola es mucho más larga que su cuerpo, al menos el doble, así que no tiene complejos de ningún tipo.

Yo le conocí la semana pasada, pero fue un encuentro fugaz. Es muy tímido, así que cuando descubrí que compartíamos vivienda, quise salir a su encuentro pero salió corriendo. Bueno, debo decir que al principio mis intenciones con él no eran del todo honestas, porque llamé a un amigo para que me ayudara a echarlo de casa. Sí, lo sé. No es por poner excusas pero cuando era pequeño conocí a una prima lejana de Miki muy indeseable que me lo hizo pasar un poco mal, así que no quería más tratos con este tipo de gente. Por eso no le quería en casa. Fíjate. Yo, llego aquí para estar sólo tres semanas y se me ocurre que tengo derecho a echar de allí a alguien que lleva viviendo mucho más tiempo. Los umuzungu a veces creemos que tenemos derecho a estas cosas. Pero como ese día salió corriendo de miedo, decidí convivir con él, vamos a respetarnos, pensé.

Nunca se había atrevido a entrar en mi cuarto. Es normal, yo tampoco había visitado el suyo. El caso es que creo que se debió de equivocar, porque luego quería salir y no sabía cómo. Estaba muy asustado. Esa noche, estuve mucho tiempo escuchando ruidos. Supuse que era Miki, que andaba por el piso de arriba trasteando. Pero cuando me levanté por la mañana, algunos rastros como virutas de chocolate me hicieron pensar lo contrario. Miki estaba allí, conmigo, en alguna parte. Con sus dientecitos, laboriosamente, había intentado abrirse un hueco en la puerta de madera para escapar. Un butrón, pero al revés. Yo suelo poner una tabla tapando el hueco de debajo de la puerta por si acaso entran otros bichos peligrosos, pero se ve que él entró en algún momento en que la puerta estaba abierta. Después de mucho mordisquear toda la noche, no consiguió su objetivo porque en la puerta no había agujero, tan sólo unas muescas y algo de serrín en el suelo. Es que Miki es muy pequeño. Después de buscar durante un rato por la habitación para hacer las presentaciones oportunas (alguien que pasa la noche en tu misma habitación debería al menos presentarse) y como no daba señales de vida ni lo encontraba por ningún lado, me puse a pensar y finalmente se me ocurrió. Es tan pequeño que bien podía estar enroscadito en el estrechísimo hueco entre la pared y el armario. Gracias a la linterna pude verle, ahí, con sus ojitos asustados, pequeños y negros. Inmóvil. Pensando cómo hacer para escapar. Le hice salir de ahí pero se metió debajo de la cama. Y entonces, se me ocurrió que podría hacerle una foto para verle bien, ya que él seguía con esa pertinaz timidez. La foto quedó un poco oscura y tengo que quitarle el efecto de ojos rojos, pero sus orejillas son inconfundibles.

Ese día, cuando me fui a la universidad, le dejé tres bolitas de caramelo en el suelo del salón, junto a la puerta del patio. Cuando volví a casa por la tarde, las bolitas habían desaparecido.